“La fé mueve montañas”, algún sabio dijo eso, y ciertamente muy sabio era. Pero yo esa frase la recuerdo por mi viejo. ¿Por qué? Porque felizmente toda las clases de cultura general, de historia, de cívica, sociedad y de cualquier tema, todas, absolutamente todas, me las a dado mi padre.
Esa fue una muy mala introducción a la anécdota con la que quiero alegrar el blog, pero al ser mi papá hijo de mi abuela algo tiene que ver en esta historia. Ahora estamos de madrugada, pero señor lector elija usted la hora que mas le convenga para deleitarse con esto.
Pensando en mi padre y su sabiduría iba por la calle Lord Cochrane, luego de atravesar el Olivar, fascinado por sus majestuosos árboles y temeroso de ellos y su misterio, cuando vi un altar, clavado a un lado de la acera, flanqueando una casa cualquiera. "Cosa de fundamentalistas", pensé. Entonces, un impulso, eso que no tememos en llamar fé y muy bien catalogada está, me hizo detenerme ante ella (la virgen que reinaba en el altar), juntar las manos y rogar porque mi abuelita me acompañe varios años más y se sienta orgullosa de mi. Así silencioso, dije mis plegarias un momento, hasta que sentí el ruido de una máquina extraña, quizá del local de al lado, que se asemejaba mucho a la expiración de un ser humano. No le di mucha importancia, sin embargo asustado detuve mi oración, avergonzado también (ateo yo!! haciendo estas cosas!!). Raudo enrumbé hacia mi casa, pero cada cuatro pasos escuchaba el terrible aliento de la virgen. No fue hasta que puse un pie en el edificio que el incómodo ruido cesó, y decidí escribir estas líneas. Al final, no se en lo que tenga o no tenga que creer familia, pero la fé mueve montañas, y se los digo por experiencia.
Gracias Pa
Muchísimas Gracias Abue.