Vivíamos en la segunda cuadra de la avenida Arequipa, pero la casa era tan grande, que tenía también entrada por la calle República de Chile, en lo que se llamaba "puerta falsa". Sobre el frente la avenida Arequipa había una reja de fierro, verde. La puerta - parte de esa reja - tenía una cabeza de león, por cuya boca salía el timbre. En la fachada de la República de Chile, la puerta era de madera, con unas ventanas protegidas por una reja. No había timbre, sino una mano pesada, de fierro, que empuñaba una bola maciza, con la que se golpeaba una placa de fierro también. El área construída, donde estaban los comedores (uno de diario, otro en la terraza y uno principal), la cocina, las salas y salones, más los dormitorios y otras piezas, estaba rodeada de jardines y de caminos de losetas. A ese perímetro, nosotros, los chicos, le llamábamos "la vuelta" y era la zona de diversión. A ras del suelo estaban las ventanas de los dos sótanos, en los que se guardaban muchos objetos extraños, entre los que había un esqueleto, varias calaveras y un modelo de ojo humano hecho en cerámica, más o menos de diez o quince veces el tamaño natural. Varios hechos interesantes y divertidos se produjeron por aquella época (década de los 60) en los sótanos, pero en esta oportunidad voy a contar algo que ocurrió en "la vuelta" propiamente dicha. Como toda construcción antigua, las cañerías exteriores de la casa estaban a la vista, corriendo sobre las paredes. Eran de plomo y se rompían con facilidad. Cierta tarde, nosotros - hablo de Tossi, Pino, Constantino, Fernado y Raúl Carvallo, más quien esto escribe - decidimos hacer una trampa. No era, por cierto, la primera vez que hacíamos una. Habitualmente cavábamos profundos hoyos en algún jardín de la casa, los llenábamos de agua y los cubríamos con papel periódico, sobre el que vertíamos una fina capa de tierra, de modo que no se note su existencia, y nos ocultábamos hasta que un desprevenido habitante de la casa, sea mayordomo, jardinero, empleado, Chenta o pariente adulto, pise y caiga al fondo. Esta vez, sin embargo, urdimos otro plan. Atamos una pita a una cañería y nos ocultamos entre unos arbustos, mientras uno de nosotros - no recuerdo quién - sujetaba el otro extremo de la pita. Cuando la víctima - tampoco recuerdo quién - pasó por el lugar, el tenedor de la pita la tensó. La víctima tropezó y cayó al suelo, pero ocurrió algo con lo que no habíamos contado: la cañería se rompió y al instante se produjo una tremenda fuga de agua, bajo la forma de un chorro. Nos aterramos, porque esa travesura podía tener graves consecuencia al acabarse el agua de la casa, según creíamos que podía pasar. Naturalmente, nuestras nalgas también iban a sufrir consecuencias, de modo que nuestro ingenio se aguzó y, recordando que cuando alguna cañería se agujereaba, el gasfitero aplicaba un soplete para subsanar la falla, procedimos a hacer lo propio, improvisando un soplete. Mal que bien, reparamos la falla, limpiamos los estropicios causados por la fuga de agua y cada uno se fue a disimular de la mejor manera posible. Unos a jugar fútbol, otros a implementar un hospital de avispas y Pino a jugar con Tata, que era su mama y se llamaba Tomasa. Pasaron las horas y llegó mi mamá a la casa. No notó nada raro, pero cuando ya nos creíamos a salvo, apareció Pino y le dijo:
- Mamita, yo le dije toda la verdad a Tata.
- ¿Qué verdad, hijito?
Entonces Pino contó todo y nos delató, delatándose a sí mismo, también, cosa que no lo salvó del castigo colectivo.
Así ocurrieron las cosas.