
Ya he descrito, hace un año exáctamente la sensación maravillosa que le llueve a uno estando en esta ciudad. Muy aparte de sus piedras pulidas, del sincretismo arquitectónico entre lo español y lo inca, de los innumerables idiomas y mujeres que se encuentran en las empedradas y estrechas calles, Cusco es un sitio en el que vale la pena creer en apus, en mama Quilla y tayta Inti. Es difícil percibir de donde proviene tanta magia, pero luego de una prolongada reflexión, he llegado a una respuesta tan convincente como incierta. Aquí, en el ombligo del mundo, cada uno genera su propia magia, ese algo interior que todos sabemos tener, pero que Lima la gris reprime y aprieta en un estrés interminable como la neblina que la puebla. Sentirse vivo es a lo que me refiero, los defectos, rencores, envidias y temores se dejan de lado para ser parte de un carnaval de sonrisas, de una feria de misticismo, maravilla y alegría. Últimamente en este blog hemos derramado muchas lágrimas, razón no nos falta, pero ya es hora de que la rueda siga girando, y con esto, y quiero que quede muy claro, no me refiero a que olvidemos a los nuestros que no estan aquí, por el contrario, sigamos viviendo y sonriendo que eso, desde arriba, es lo que nuestros ángeles quieren. Avancemos y vivamos, sonriamos y gocemos. Escribo esto después de haber pasado un increible día con mis sobrinos, Mateo y Valentina, y veo en ellos una oportunidad más. Una hoja cae y otra verde y hermosa la reemplazará, y esos niños me hicieron entender que la vida va y viene, se encuentra y se pierde. Somos una familia que sabe de adversidades, pero que sabe ser familia como ninguna otra y eso es un punto de ventaja que debemos tomar como el impulso que necesitamos, teniendo 10 años o 50, todos para vencer a los demonios y ser simplemente las personas que queremos ser. Y si se da el caso de que resulte muy difícil muchachos, vengan a Cusco, Valentina, Mateo y un festival de sensaciones increibles los están esperando.