Antes que nada, un pedido: ayúdenme a publicar entradas con mi nombre, no sé cómo hacerlo. Dicho esto, vamos al grano, o al gramo, como dijo el coquero: mucho se habla de lo que podría pasar si Ollanta Humala es presidente, pero, ¿qué va a pasar cuando Alan García lo sea? Aquí, un pequeño y suave adelanto.
Conocí al doctor Tremolada por un dolor de muelas. Él era – lo habrán adivinado – dentista. Esa mañana, hace cosa de un año, desperté con un dolor espantoso. Desesperado, salí a la calle muy temprano, sin saber exactamente para qué. No sé si buscaba una farmacia, un hospital, o un barranco para arrojarme al mar: así me dolía. Aturdido, con un humor de los mil diablos y con el cachete latiéndome, caminé hasta la esquina y crucé la pista para tomar un taxi que me llevara tampoco recuerdo a dónde. Súbitamente, apareció frente mis ojos una casa vieja, en la que se destacaba, como si fuera un aviso luminoso, una placa de acrílico que decía, con letras doradas, “David Tremolada Ríos – Cirujano Dentista”. La placa estaba al lado de la puerta, sobre una pared color yema de huevo, urgida de una buena mano de pintura. La puerta, de madera corriente, pero recientemente barnizada, parecía querer darle al consultorio algo de decoro, algo así como un conmovedor toque de distinción, para diferenciarse de las casas vecinas. La que estaba a la derecha era un híbrido entre quinta y callejón, con una gruta al fondo, para guarecer a una Virgen de yeso, con túnica de color celeste chillón; la de la izquierda era una bodega donde vendían, además de los habituales abarrotes, pan, verduras, fruta y pollos. Uno que otro perro callejero se entretenía hurgando entre las bolsas de basura que había en la esquina y, al frente, el dueño de un taller de reparación de bicicletas exhibía impúdicamente las amígdalas en un bostezo gigantesco, mientras abría su negocio. No se trataba, pues, de un lugar que, en circunstancias distintas, yo hubiera elegido para que alguien meta su mano en mi boca, pero el dolor, más que ceder, aumentaba, así que toqué el timbre sin pensarlo dos veces. Se me ocurrió que, siendo un consultorio, lo más probable fuera que el doctor no estuviera trabajando desde tan temprano, de modo que toqué una y otra vez, como si así pudiera escucharme, donde fuera que estuviera. Al poco rato se abrió la puerta. El doctor Tremolada resultó ser un hombre bajito, en sus tempranos cuarenta, de pelo negro bien peinado hacia atrás y ojos saltones, del mismo color. Llevaba puesta una de esas camisas blancas que usan los médicos, con un porta lapiceros de plástico en el bolsillo de arriba, propaganda de algún laboratorio. La camisa estaba muy limpia, pero un par de zurcidos daban cuenta de un uso extendido.
Antes de que pudiera decirle algo, me sorprendió con una sonrisa:
- Una emergencia, ¿no?
- Sáqueme esta maldita muela – ladré.
- Pase, pase, por favor – fue su amable respuesta.
Pasé. El consultorio era pequeño, pero limpio y ordenado, como el doctor Tremolada. Me dispuse a sentarme en el sillón destinado a los pacientes, pero el dentista me detuvo y me explicó que, con esa infección, era imposible sacarme la muela. Con la misma actitud del que escucha a un niño argumentar tonterías para obtener un permiso, soportó mis lamentos, mis ruegos y hasta mis órdenes para que la extraiga, sin creer en mis promesas de aguantar a pie firme lo que fuera, con tal de que me arranque la muela. A cambio de eso, propuso ponerme algo para el dolor y recetarme antibióticos. En tres o cuatro días estaría listo para la extracción. Decir que acepté sus argumentos sería inexacto: los acaté, porque no me quedaba otra.
El doctor Tremolada me puso la inyección, escribió una receta con letra grande, muy prolija, y me despidió con una afectuosa palmada en la espalda.
- Venga a verme cuando baje esa hinchazón – me dijo antes de cerrar la puerta del consultorio.
* * *
Pasaron los días y cada vez me dolía menos. Casi sin darme cuenta, empecé a sentir por el dentista una combinación de gratitud con afecto, o quizá simplemente lo mismo que sentía el león por Androcles, vaya usted a saber. De cualquier modo, volví a verlo. Lo encontré barriendo la vereda, frente al consultorio. Tenía puesta la misma camisa blanca, siempre impecable, y cuando me vio, sonrió con la mayor cordialidad, invitándome a pasar con un gesto amable.
- ¿Y? – me dijo - ¿Cómo vamos?
Esta vez me senté en el sillón. Mientras se lavaba las manos, y después, cuando preparaba su instrumental, el doctor Tremolada habló con gran entusiasmo acerca de las ventajas de la cromoterapia, la bioenergética y el naturismo sobre la medicina tradicional. Lanzaba opiniones rotundas, sin esperar ninguna respuesta mía, acostumbrado, pienso yo, a que sus pacientes, obligados a estar con la boca abierta, no tuvieran ocasión de de decir ni pío. Luego, mientras hacía su trabajo, siguió con lo mismo. Yo, por mi parte, casi no le prestaba atención, aunque – no sé por qué - en el fondo de mi mente comparaba sus palabras con las de un granjero al que le hubiera ido mal criando conejos y pensara dedicarse a los pollos, o a las de un comerciante que hubiera decidido vender toallas y ya no medias, que tenían poca salida. Sea como fuere, su tono era muy amistoso y cordial, sin el menor asomo de irritación, lo que terminó por convencerme de que, más que un lamento por la falta de clientes, se trataba de una demostración de buenos modales, de un gesto cortés dedicado a mí, su paciente favorito.
Cuando terminó el examen me contó un chiste sobre dentistas. El chiste no tenía gracia, pero me reí por cortesía, tratando de corresponder a sus afanes por ser simpático. Me explicó en seguida cuál era el estado de mi dentadura y me propuso un presupuesto bastante razonable para dejarla como nueva.
- Venga cuando quiera, aquí estoy para servirlo – se despidió.
* * *
Así, casi sin saber cómo, me convertí en paciente habitual del doctor Tremolada. Caía por su consultorio cualquier día de la semana, a cualquier hora. No tenía ninguna necesidad de sacar cita: el buen doctor siempre estaba disponible y sonriente, siempre amable y amistoso. Recuerdo sobre todo un domingo. Yo regresaba de comprar los periódicos y él salía de la panadería. El hombre estuvo especialmente expansivo. Me palmeaba una y otra vez la espalda y me presentó a una señora que vendía tamales, subrayando que era su paciente, como si yo fuera una celebridad. Me convenció de que pase a su consultorio de una manera tan vehemente, que más parecía que estuviera invitando a un viejo amigo a almorzar. Esa mañana llevaba un polo, pero en cuanto llegamos al consultorio me dejó unos minutos solo, para regresar con la vieja camisa de siempre.
Es cierto que no era el mejor dentista del mundo y que de vez en cuando me causaba pequeñas molestias y minúsculos dolores, por los que invariablemente se disculpaba con mucha gentileza, pero en la balanza de mi consideración pesaban mucho más sus cualidades humanas y – no voy a negarlo - sus modestos honorarios. Yo me sentía cómodo con él y, mal que bien, mis dientes habían mejorado bastante.
* * *
Una tarde, cosa rara, no estaba en su consultorio. Quince días antes me había puesto una funda en un diente que se había roto. La funda, posiblemente mal colocada, se había caído y necesitaba con urgencia que me ponga otra, porque así no podía ir a ninguna parte. Toqué varias veces el timbre, hasta que finalmente me abrió alguien que, a juzgar por su aspecto, estaba pintando en el interior. De mala gana – supongo que lo había hecho bajar de una escalera, o algo así - el pintor me dijo que el doctor había salido y sin más explicaciones me tiró la puerta en la cara.
Al día siguiente, temprano, regresé. Esta vez me abrió una mujer que se identificó como la asistente del doctor Tremolada y me preguntó si tenía cita.
- ¿Qué cosa? – le dije, muy sorprendido – Jamás he necesitado cita para ver al doctor, yo siempre… -.
¿Su nombre? – me interrumpió la asistente, con un tono que me hizo sentir anónimo e insignificante.
Le expliqué quién era y terminé hablándole de mi amistad con Tremolada, como quien quiere colarse a una fiesta a la que no ha sido invitado y trata de convencer al portero de que es íntimo del dueño del santo. Súbitamente caí en cuenta de que estaba dando más explicaciones de las necesarias y me sentí avergonzado. En ese momento apareció el dentista, con la segunda sorpresa del día: la camisa blanca había desaparecido. Llevaba, en cambio, una azul, nuevecita y bien entallada, con un cinturón del mismo color, por la espalda. Supongo que me quedé mirando la camisa nueva de una manera impertinente, porque cuando levanté la vista me encontré con la mirada severa del doctor Tremolada. No me cupo ni la menor duda de que sabía que yo estaba pensando en el cambio de camisa y me sentí como un estudiante al que el profesor pesca copiando en un examen. Me repuse de la incomodidad y le pedí que me ponga otra funda. Sin darse la molestia de disimular su fastidio, Tremolada me hizo pasar al sillón y estuvo trabajando en mi boca durante cerca de un cuarto de hora. No hubo chistes, no hubo conversación, no hubo comentarios de ninguna especie. Sólo silencio.
- Ya está – me dijo secamente, cuando terminó -. Le voy a agradecer que haga una cita con mi asistente, para la próxima visita -.
Concerté la cita y, sin más, me fui. Me sentía desconcertado, intrigado, y sobre todo culpable.
* * *
En los días siguientes sentí el mismo desconcierto, la misma intriga y una culpa mayor. No entendía el cambio de conducta del doctor Tremolada. No encontraba explicación al giro tan brusco de su comportamiento, aunque, por alguna razón misteriosa, cada vez me convencía más de que yo, sin querer, me había portado mal con él. Por más que pasaba revista a nuestra relación y reconstruía minuciosamente cada cita, no lograba despejar la incógnita. Había cumplido escrupulosa y puntualmente con los pagos que fijamos, de modo que no era una cuestión de dinero. Quizá fuera que no me reía con suficiente entusiasmo de sus chistes, o que Tremolada podría estar esperando una muestra de amistad, como una invitación a tomar un café, o una cerveza, ¿cómo saberlo? En mis especulaciones no dejaba de considerar el hecho de que el cambio de humor de mi dentista coincidía con la aparición de señales sobre una incipiente prosperidad, circunstancia que me dejaba más perplejo. ¿No era lógico, acaso, que su ánimo debiera estar más dispuesto si su economía estaba mejorando?
El día de la cita, harto de buscar explicaciones que no me llevaban a ninguna parte, decidí tomar al toro por las astas y preguntarle directamente si lo había ofendido de alguna manera. Si así fuera, me dije, una disculpa arreglaría todo. Mis reflexiones me habían conducido a admitir que siempre lo había tratado con disimulada condescendencia y con cierto airecillo de superioridad, que – por más involuntario que fuera – podía resultar agraviante.
* * *
Llegué, pues, al consultorio, con talante humilde y bien dispuesto. Me sentía maduro, juicioso, solidario y hasta podría decir que fraterno con mi dentista. El caso es que el doctor no estaba en su consultorio, tampoco su asistente y ni siquiera el pintor de brocha gorda que había tenido el desparpajo de tirarme la puerta en la cara aquella vez.
De la sorpresa – la mente humana es inescrutable – pasé a la indignación. ¿No tenía cita, acaso? ¿Qué se había creído Tremolada para plantarme de esa manera? ¡A mí, que venía a pedirle disculpas por algo que no estaba seguro de haber hecho!
En ese momento, una camioneta pick up se detuvo frente al consultorio. En la parte de atrás viajaban tres hombres, sosteniendo un cartel que no pude leer, porque el dentista bajó de la camioneta y, sin saludarme, me hizo pasar con prisas, para decirme secamente que lo espere un momento y salir. Me quedé solo, escuchando gritos, órdenes y martillazos: deduje que los hombres estaban colgando el cartel, bajo la dirección de Tremolada.
Diez minutos después regresó el doctor. Consultó su reloj y me dijo que no podía atenderme, porque estaba ocupado. Quedé pasmado, sin capacidad de reacción, lo que aprovechó para meterme una tarjeta en el bolsillo del saco.
- Llámeme uno de estos días, para ver cómo hacemos – me dijo, y abrió la puerta.
Tuvo, por lo menos, la consideración de no empujarme. Cuando me di cuenta, ya había cerrado la puerta. La camioneta pick up ya no estaba. Levanté la vista y leí el cartel que estaba sobre la puerta. Me enteré así que ahora, en el consultorio, funcionaba un local del Partido Aprista. Automáticamente saqué la tarjeta del bolsillo: Tremolada era Secretario Distrital del APRA.
Así, de sopetón, comprendí todo. Por obra y gracia de un cargo político - un cargucho en realidad -, el doctor David Tremolada Ríos, amable y simpático cirujano dentista, se había convertido de la noche a la mañana en un malcriado, en un arrogante que ya no se sentía obligado a atender a sus pacientes. Supongo que se sentía poderoso y que su flamante carrera política no le dejaba tiempo para ocuparse de personas insignificantes como yo. Me quedé con la curiosidad de saber si había estado fingiendo todo este tiempo, o si realmente el honor conferido por sus compañeros de partido lo había trastornado.
No le di muchas vueltas al tema, porque lo imaginé de congresista y se me revolvió el estómago.
Puchelito