Friday, March 31, 2006

Diario de un Hombre Lobo

En su libro Sombras en la Hierba, la escritora danesa Karen Blixen[1] dice: “para formar y componer una unidad creadora, los componentes individuales han de ser por fuerza de naturaleza diferente; en cierto sentido incluso ser opuestos. Dos factores homogéneos jamás podrán formar parte de un todo o, en el mejor de los casos, el todo que formen resultará estéril. El hombre y la mujer llegan a ser uno, una unidad creadora tanto en lo físico como en lo espiritual, en virtud de su desemejanza. Un gancho y un ojal son una unidad: un broche, un corchete; pero con dos ganchos no se puede hacer nada. Un guante de la mano derecha junto con su contrapartida, el guante de la mano izquierda, constituyen un todo: un par de guantes; en tanto que si tenemos dos guantes de la mano derecha, habremos de tirarlos. Un número de objetos perfectamente semejantes no constituyen un todo: un par de cigarrillos es lo mismo que tres o nueve. Un cuarteto es una unidad porque está compuesto de instrumentos diferentes. Una orquesta es una unidad y como tal puede ser perfecta; en cambio, veinte contrabajos que dan la misma nota son el caos.”
Viene al caso lo anterior, en vista de que he encontrado, en una oscura librería de viejo, el siguiente manuscrito, que someto a la consideración de los miembros del blog hablarubio. Entiendo que es un registro de la lucha de un hombre por encontrar ese todo del que habla la Blixen.


Con una astuta apariencia de ingenuidad, pretendiendo ocultar su carácter supersticioso, el diccionario define la licantropía como manía en la cual el enfermo cree que es un lobo. Así, sin dejar ver su segunda intención, decreta que los hombres lobo no existen. Todos sabemos que esto es mentira, que cuando hay luna llena, cosas muy extrañas suceden, y que los seres más dulces, delicados e inocentes se convierten en monstruos aterradores. No es, sin embargo, mi intención discutir lo indiscutible, ni perder tiempo reuniendo pruebas para demostrar la falsedad de tal definición. Lo que me propongo es, más bien, hacer saber que a los numerosos indicios y pruebas circunstanciales sobre la existencia de otro tipo de licantropía, cuyo disparador no es el satélite lunar, se suma ahora una evidencia rotunda e irrefutable.
En efecto, con la publicación de Diario de un Hombre Lobo estamos confirmando que – como aseguraba el estudioso nicaragüense Ralph Argüello – el imperio de la necedad, la transformación del rostro en una máscara de disgusto, la comisión de actos violentos súbitos, sin provocación alguna; así como el avinagramiento del ánimo y la repentina aparición de deseos de autodestrucción, son los síntomas de esa otra enfermedad del alma, que hemos dado en llamar “licantropía afectiva”.
El diario no está firmado y las referencias a lugares geográficos, nombres de ciudades o calles son tan escasos (e incluso velados, a veces), que no nos atrevemos a señalar dónde se escribió, aunque el manuscrito luce un muy correcto castellano, lo que limita notablemente las opciones. Podemos, eso sí, fijar la época exacta, porque Diario… está fechado en este año de 1866. Tenemos, entonces, un testimonio, aunque anónimo, muy actual, vivo y vigente, cualidades que le otorgan un valor excepcional, que rebate definitivamente las posiciones incrédulas que llegaron al extremo de mofarse de quienes sostenemos que la licantropía afectiva está vigorosamente presente entre nosotros.
Tengo para mí, por último, que intentar ya una exégesis, ya una interpretación del diario, es tarea pueril y, por cierto, ociosa. Sólo esperamos la comunicación con nuestros lectores, autorizándonos con sus amables cartas a seguir publicándolo día a día, siempre y cuando esta primera aproximación les haya parecido interesante y les haya, asimismo, proporcionado ese inefable placer que sólo la buena literatura puede ofrecer.
A.S.O.

DIARIO DE UN HOMBRE LOBO
Domingo. 23.1.1866
Hoy volvió a sucederme. Ya había ocurrido anoche, cuando salí sin darle un beso, sin despedirme de ninguna forma. Horas después, gracias a su dulzura y a su valerosa manera de demostrarme que hay otras formas de amor, los síntomas se esfumaron y la noche se hizo muy nuestra, imbuyéndonos de una suerte de vaporoso regocijo, sin sobresaltos, excesos, ni el menor exabrupto.
Dormí bien, aunque – resaca de la noche anterior, o anuncio de lo que siguió, ¿cómo saberlo? – me desperté dos o tres veces. Por la mañana, tierna ella, tierno yo. Conversación en voz baja, risas ligeras, una atmósfera de cariño prudente. Me imagino ahora lo difícil que debió ser para X exteriorizar su afecto hacia mí, manteniendo a la vez su decisión. Quiero felicitarme también, por que me conduje correctamente, sin forzar ninguna situación y despojado de cualquier egoísmo. Recibí de ese modo - sin pedir más - el amor que su corazón generoso derramó sobre mí.
A media mañana, en realidad muy cerca del mediodía, tomamos un desayuno de lujo: cocktail de langostinos, exóticas tunas frescas, café recién pasado. El día era claro, no hacía excesivo calor y, como le hice notar, había silencio, un silencio muy parecido a la paz verdadera.
Hasta ese momento, todo estaba muy bien. Es más, convine con ella en que lo mejor era que parta a su casa, para poder trabajar en el laboratorio. Fue cuando estábamos a punto de subir al coche, cuando el conductor preparaba a los caballos, que se vino la noche. A una inocente frase de X sobre la inquietud de los animales, le siguió el repentino ataque. En milésimas de segundo sentí una tormenta en mi interior. Como si se tratase de la aparición de un monstruo que trepa de las profundidades vertiginosamente, de igual manera, algo (lo conozco, pero no puedo describirlo) surgió de mi interior, apoderándose de mis centros nerviosos. Ya no era yo quién hablaba, ya no era yo quien oía, ya no era yo quien estaba parado con ella en la calle. Como un animal herido, me revolví contra X, sabiendo que esa era la forma más cruel de hacerme daño a mí mismo. Así, sin culpa alguna, pagó una factura que no le correspondía, ella que lo único que hizo fue darme amor y ternura. Mascullé frases agrias, la miré con resentimiento y dejé otra vez que se vaya, sin darle un beso, sin despedirme, con gesto áspero, ante la mirada atónita del cochero. Si algo bueno puedo rescatar de todo esto, es que se fue tan rápido, que no hubo tiempo para que la fiera siguiera mordiéndola. Apenas se fue ella, regresó al lugar de donde había salido, dejando en mi espíritu una huella muy dolorosa.
Mortificado, regresé a mi casa. Encontré un silencio distinto. Era pesado y triste, como el eco de las campanas en la madrugada. Poco después, reconstruí el día y me sentí avergonzado. No había sido lo suficientemente fuerte como para mantener a la furia en su sitio y mi debilidad le había causado, una vez más, tristeza a la mujer que tanto amaba.
Le escribí y ella me contestó de inmediato, citándome en su casa. Una vez allí, le di unas cuantas explicaciones medio tramposas, en un intento por justificarme. No me creyó, o no estuvo de acuerdo conmigo, pero, inteligentemente, tampoco me discutió. Quedamos en buenos términos, con la sensación de que, felizmente, el día no se había estropeado.
Más tarde, ya en mi casa, llegó la señora O, mi ama de llaves. Como nunca, entró al laboratorio, y después de intercambiar algunas trivialidades, me preguntó por X. Tomándose libertades inusuales, dijo que la veía muy alejada – ese término usó – y preguntó si estábamos bien. Demoré unos instantes en contestarle. Miré al pie de mi cama y distinguí su letra en la nota que me había enviado. Sobre la cómoda, vi un sombrero suyo y percibí – quizá fue mi imaginación - la huella de su cabeza, que se conservaba todavía en la almohada. “Sí, todo está bien”, le respondí. No le mentí. Ahora que estoy tranquilo, ahora que vuelvo a estar lleno de X, ahora que la siento tan cerca, me doy cuenta de que todo está bien.

[1] Nacida en Dinamarca, Karen Blixen (1885 – 1962) escribió en danés, bajo el seudónimo de Isak Dinisen, Siete Cuentos Góticos. En inglés, y firmando con su nombre, publicó Sombras en la Hierba y África Mía. Este último libro se convirtió en la película del mismo nombre, dirigida – si mal no recuerdo – por Sidney Pollack y protagonizada por Merryl Streep y Robert Redford .

2 comments:

alblond said...

A.S.O Nos está demostrando su habilidad con la pluma al plasmar una historia hambientada en 1866 donde se demuestra que el hombre es capaz de transformarse en una bestia ,hay veces,por las cuetiones mas insignificantes.Solo sugiero que para hambientar realistamente este cuento donde se merece,retires las tunas del desayuno.

alblond said...

Me pareció genial lo escrito por ASO. No hay nada que "no entiendo" ni de Escribir algo más divertido" el clima que rodea la historia es absolútamente impactante.
Aliento al escritor.

chino