Tuesday, May 23, 2006

Abel de Jesus

Corrían los últimos años de la década de los ochenta. No es una metáfora, de verdad los años pasaban veloces, tal vez porque mi alma estaba intranquila, o quizá porque yo no le daba tregua a mi cuerpo. No eran, para mí, buenas épocas. Vivía en estado permanente de angustia y cada vez que llegaba del trabajo encontraba algo desagradable en mi casa. Si comienzo así, de una manera tan negra, no es por impresionar a los queridos lectores del blog, ni mucho menos por afán de quejarme. Es solamente porque el contexto en el que desarrolla la historia que voy a contarles tiene importancia, mucha importancia.
Dije que cada vez que regresaba del trabajo a mi casa, encontraba algo desagradable. No voy a hablarles de eso, voy a hablarles del trabajo que tenía. Este pechito era, pues, supervisor de la cafetería internacional, de la cafetería del duty free y del restaurante Jorge Chávez, locales ubicados en el aeropuerto del mismo nombre. El primo Arturo Rubio – protagonista de una de las entradas iniciales del blog – era el concesionario, en sociedad con Johnny Schuller, y me había dado esa chamba, sacándome así de cerca de año y medio de desempleo. Es fácil adivinar en qué consistían mis labores, que se cumplían en distintos turnos, de nueve horas, ya que las cafeterías y el restaurante atendían ininterrumpidamente las veinticuatro horas del día.
Cuando había vuelos, el tiempo – valga la redundancia – pasaba volando. Cuando no, las horas se hacían lentas, como el paso de los ancianos y las señoras gordas. Recordemos que estábamos en pleno gobierno de Alan García, así que, de un lado, nadie se moría de ganas por venir al Perú y, de otro, la mayoría de los que querían largarse de aquí no tenían plata para hacerlo, de modo que los aterrizajes y los despegues de las aeronaves eran poco frecuentes.
Dos o tres veces por semana me tocaba el turno de madrugada en la cafetería del duty free, trabajo análogo al de guardián de un camposanto, porque no pasaba ni un ser vivo, ni siquiera de casualidad, o porque se hubiese equivocado de camino. Afortunadamente tenía – tengo - el hábito de leer y leía mucho. Disfrutaba de la lectura entre las diez de la noche, hora en que comenzaba mi turno, y las siete de la mañana, hora en que terminaba. Los miércoles eran un poquito más movidos: un Aeroflot aterrizaba en la madrugada. En esas noches levantaba unos momentos la mirada del libro, y me entretenía mirando la enorme nariz pintada de azul que se acercaba al vidrio que separaba la cafetería de la pista de aterrizaje, hasta que se detenía y permanecía allí cerca de tres horas, para volar luego a Río de Janeiro. Eso era todo, porque – los que volaban en Aeroflot era misios de solemnidad – no bajaba nadie. Si alguna vez lo hacía un ruso, era para estirar las piernas, no para gastar sus rublos tomándose un trago servido por quien esto escribe.
Un miércoles, sin embargo, algo distinto pasó. Estaba leyendo, si mal no recuerdo (conozco a alguien que dice “si mal no me equivoco”, pero esa es otra historia), una aventura del comisario Maigret, cuando entro a la cafetería un negrito muy flaco, con la ropa muy arrugada. Le calculé 20 o 21 años y mientras ocultaba mi libro bajo el mostrador, me dirigió la palabra en atropellado portuñol.

- ¿En este lugar hay corriente de 220 o de 110? – me preguntó.
- De 220 – le respondí - ¿Por qué quieres saber?

Me contó entonces que había nacido en un país de África cuyo nombre he olvidado. Era Costa de algo y había sido colonia portuguesa, eso puedo asegurarlo. Ahora – continuó – vivía en Lisboa, porque jugaba en el Benfica. Zico – el gran Zico – lo había enfrentado en algunas ocasiones y había quedado tan gratamente impresionado, que lo había invitado a Río, para que se pruebe en el Fluminense, que, como se sabe, es el club de donde surgió el goleador brasileño.

- ¿Y eso qué tiene que ver con la corriente eléctrica? – lo interrogué, cada vez más asombrado.
- Espera – me dijo -. En Costa ... hace mucho calor y le quiero comprar un ventilador a mi madre.

Además de la madre, el muchacho tenía once hermanos mayores y todos se achicharraban en la casa donde vivían. En su país la corriente era de 220 vatios, en tanto que en Lisboa, así como en todos los países en los que había hecho escala, era de 110. Había llegado por fin a uno con la misma corriente que el suyo y quería comprar un ventilador de inmediato.
Naturalmente, lo envié al duty free, pero el buen Abel de Jesus ya había estado allí y de ventiladores, naranjas. Quería aprovechar el tiempo que tenía para salir a una tienda y comprar un ventilador que alivie a su pobre madre de los rigores de la canícula africana. Le expliqué que no era cuestión – como dice mi tía Carmen – de tomar el portante y salir del aeropuerto, eso sin contar que a esa hora no estaba abierto nada. Con mucha pena, se resignó a esperar su llegada al Brasil. Me había caído muy simpático, así que le invité una cerveza, la que rechazó, porque no tenía plata y no permitía que nadie le invite nada.
Abel aprovechó esto para decirme que era un gran futbolista, que iba a triunfar en Brasil y que después se iba a comprar todas las cervezas y todos los ventiladores que su gana le diera. Yo, que no estaba dispuesto a tragarme el cuento así nomás, salí de detrás del mostrador, arrimé mesas, hice un arco con dos silla y una pelota con servilletas de papel. Puse la pelota en el suelo y armé una barrera de cuatro hombres, o más bien de cuatro sillas.

- ¿Cómo patearías un tiro libre desde la izquierda? – le pregunté.

Sin decir palabra, acomodó la pelota, tomó carrera y le pegó con la parte interna del pie, como se debe. Después, pateó desde la derecha y le dio al balón con tres dedos: el negrito sabía.
Convencido de que por lo menos sabía jugar fútbol, me enfrasqué en una conversación sobre el deporte más hermoso del mundo. Como correspondía a la época, le pregunté que. En su opinión, Maradona era mejor que Pelé. Me contestó lo siguiente:

- Para jugar futebol hay que tener tres cosas: habilidad, inteligencia y colhones. Platini, tiene habilidad e inteligencia, pero no tiene colhones. Maradona tiene mucha habilidad y muchos colhones, pero no tiene inteligencia. Pelé tiene las tres cosas, por eso siempre será el mejor.

Como ustedes comprenderán, me impresionó que un chico de 17 años (esa era su edad, me enseñó su pasaporte), respondiera de una manera tan sabia. Me contó luego que había jugado tres veces contra Maradona, es decir contra el Nápoles y que lo había visto encarar a defensas mucho más altos que él y hasta meterles codazos sin miedo. Me dijo también que Maradona lo había felicitado una vez por su buen juego y que sabía que iba a triunfar en Brasil, que iba a ganar mucho dinero e iba a tener muchas fábricas. Finalmente, me dijo que yo era el único que lo había tratado amistosamente en todo su viaje, de manera que me iba a nombrar gerente de todas sus fábricas. Yo le agradecí, emocionado, intercambiamos direcciones (no existía aún el Internet) y me prometió enviarme un video con algunos partidos en el Benfica, para que vea que no le estaba mintiendo.
Nos despedimos con un abrazo y Abel de Jesus subió al Aeroflot y partió para siempre. Nunca más lo vi, jamás supe de él ni media palabra. En realidad no me importó, porque ese encuentro mágico me permitió sobrevivir a todo aquello que les contaba al principio y la espera diaria del video que nunca llegó hizo posible que soportara una serie de cosas que tal vez no hubiera soportado sin ese sueño, sin esa esperanza, sin ese entrañable recuerdo.
Esa es la historia, queridos lectores. Tal vez a alguno le recuerde un cuento de Julio Ramón Ribeyro, les juro que es pura coincidencia. Finalmente, no sé si alguien habrá notado que... ¿cómo no se me ocurrió decirle que se compre un transformador?

Puchelito

4 comments:

alblond said...

Creo, sin duda alguna, que Miki tiene una muy buena pluma.
Esta historia ya se la había escuchado antes, pero siempre es grato leer algo bien escrito.

Hoy día me encontré con Javier Carvallo y le conté de esto del blog. Dice que tiene historias que contar (algunas cosas sobre tosineta, qué será), así que le he mandado las instrucciones necesarias para que participe. Me parece que sería un buen elemento. Esperemos su aparición.

Chino

alblond said...

Me alegro por la reentrada de Inés ¡Bienvenida!

Chino

alblond said...

En mi descargo al comentario de Ququi sobre lo de entregarle la mano a Roe,debo decir que fué Genca,o sea una de su especie quien sugería que vivir en San Isidro sería maravilloso ,y lo fué.
Bienvenida hermanita y arrastra contigo a tus socias de la época.Le pasé antes invitación a Helen,y a pedido de Mam,ayer al monero.Espero esten correctos los mailes.
Nota.-Se agregó una entrada al GABINETE GIGANTE.

oso said...

Inés, yo recuerdo haber estado contigo en un partido de Laines en el que sometiste a todos los aficionados cercanos a hacer comentarios exclusivamente positivos del desempeño de Jaime so pena de mirada con ojo maligno